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A cada cosa por su nombre

La génesis del concepto -y por tanto del término- "democracia" se produce en época grandes filósofos helenos. Las voces que lo forman demos (pueblo) y kratos (poder) significan algo tan sencillo y a la vez complicado como "el poder del pueblo".

En el año 518 antes de Cristo, Clístenes, estableció una forma de gobierno, que hoy llamaríamos República Democrática, basado en los deme, representantes de los ciudadanos, generalmente en grupos de entre cien y mil. Estos representantes convocaban asambleas populares, ecclesia (origen del término iglesia) en las cuales cada ciudadano tenía el derecho al voto y la opinión. Unos años más tarde, bajo el mandato de Pericles, el poder soberano quedó sin contrapeso en manos de la ecclesia. Los ciudadanos recibían un estipéndio por concurrir a la eclessia, donde ejercían de forma directa, sin representantes, el poder legislativo de la polis. Casi todas las magistraturas judiciales y ejecutivas se llenaron por sorteo entre los ciudadanos sin exclusión de clases, de tal modo que ningún polites (ciudadano) dejaría de ocupar varios cargos a lo largo de su vida gracias a un sistema de rotación.

Hago hincapié en el origen del concepto para que se pueda entender de qué forma su significado ha evolucionado a lo largo de los tiempos hasta lo que es hoy, un concepto que abarca prácticamente todas las doctrinas políticas en las que no media la imposición por la fuerza de un poder, lo que ni mucho menos significa que el poder lo ostente el pueblo. Hace 2.500 años la democracia significaba el poder del pueblo, y de esa forma el pueblo hacía uso de ese poder, ordenando y dictando leyes en asamblea y por votación popular, sin exclusión de ningún tipo. Hoy nos permitimos llamar democracia a la forma de gobierno que sufrimos occidente y por supuesto en España, cuyo máximo representante en un Rey de sangre azul, elegido por derecho divino, que además profesa la doctrina católica -la antítesis de la democracia- seguido de una complicada red piramidal de poderes que van desde un presidente que decide por cuarenta millones de personas hasta el presidente de la comunidad de vecinos, y acabando, en último lugar, al final de la cola, por cualquiera de nosotros. ¿Puede ser el individuo el último eslabón de la cadena en una democracia real?

Igual que tantos conceptos que han ido variando a lo largo de la historia, el concepto de democracia es tan sólo un reflejo de lo que originalmente fue. Se le ha dado valor de mito sagrado, de piedra angular de la libertad, demonizando a su vez el resto de las doctrinas existentes, y convirtiéndola por medio de intrincadas maniobras propagandísticas en la única doctrina aceptable, alfombra a su vez por la que avanza imparable la verdadera razón de ser de todo este engaño, el capitalismo. El capitalismo es el motor del mundo, motor que funciona con la energía que la democracia extrae de lo más profundo de las almas incautas de gente a la que se ha enseñado a ser feliz con su casa, su coche, sus dos teles, sus ocho horas de trabajo y su ridículo derecho a insertar un papel en una caja cada cuatrienio. El capitalismo sin lo que hoy en día se llama democracia es impensable, y como la más alta instancia en esta pirámide oligárquica, da forma al concepto a su antojo, liberaliza por aquí, oprime por allá, coarta libertades en nombre de la primera payasada que se le ocurre, asesina, hace y deshace, crea ricos y pobres, inventa justicia, crea leyes y destruye otras que ayer se suponían justas y de las que también era responsable, tiene en su poder la Verdad Absoluta, siempre con el único objetivo del beneficio material. El capitalismo es una droga que ha enganchado a miles de millones de seres humanos que, ciegos, creen que viven en democracia. "Votar" es democracia, nos dicen, "libertad de expresión" es democracia, "tener dos coches" es democracia, "invadir países" es democracia, "imponer la democracia por la fuerza" es democracia, y mientras vivimos convencidos de que la democracia existe y se parece en algo a esto que nos venden, dependemos cada día más del venenoso círculo del poder económico, ese poder que decide en cada momento qué es democracia y qué no.

Bien, pues yo creo que el capitalismo es el principal impedimento para alcanzar la democracia. La democracia es la participación directa del pueblo en el gobierno de un estado, la ejecución conjunta del poder de cada uno de los individuos que lo conforman. Herbert Marcusse dijo una vez que 'la libre elección de los amos por parte de los esclavos no consigue que estos dejen de ser esclavos, ni los otros amos'. Inventemos un término que defina la forma de gobierno que domina al mundo occidental, pero no manchemos el nombre de la democracia verdadera pretendiendo que esta pantomima al servicio del poder del oro es democracia. La dependencia de ese terrible veneno que es el capitalismo hace imposible la existencia de una democracia ya que el dinero es poder para el que lo posee, y mientras haya poderes ajenos al pueblo no habrá democracia real.

De la misma forma que para ser cristiano hay que cumplir unos requisitos básicos -diez en concreto- y no por mucho ir a misa y manifestar que se cree en Dios se es un verdadero cristiano -Si matas, robas o fornicas no lo eres por mucho que el Papa te reciba en audiencia- para ser demócrata o vivir en democracia hay que cumplir un requisito básico: Ejercer tu poder como individuo en el gobierno u organización de tu comunidad, estado, etc, que evidentemente no es lo mismo que darle este poder a otro para que lo ejerza por ti. Llamemos a esto "representacracia", oligarquía (que realmente es lo que es) o "timocracia", pero dejemos de pretender que vivimos en democracia cuando por encima de cada uno de nosotros como individuos están poderes tan sucios como el capitalismo, la iglesia, la religión, las monarquías, los gobiernos, los políticos, las multinacionales, los jueces -¿quién puede juzgar a otro ser humano como si tuviera el poder de la verdad absoluta?-, los alcaldes, y un sinfín de manos manchadas que nos dejan a los individuos como meras marionetas en el teatro de la economía mundial. Lo que hoy en día se llama democracia no es más que un sucio instrumento del capitalismo para mantener en silencio las mentes de los miles de adictos que ha creado, ocupando su poco tiempo libre en contar monedas y soñar con tener más. Incluso instituciones como la Iglesia o la Monarquía, antidemocráticas por definición -las dos defienden un poder absoluto otorgado por vías divinas, sin la mediación del pueblo en ninguna de sus instancias- están tan sometidas al poder del capitalismo que rinden pleitesía a la supuesta democracia y la utilizan en su beneficio ¿Se puede ser más cínico?

Todos los que vais a contestar que esto es lo que hay, que lo demás es una utopía y simplezas así os lo podéis ahorrar ya que lo único que pretendo es limpiar el nombre de la democracia verdadera, llamemos como queráis a esta falacia que padecemos, pero no sigamos creyendo que vivimos en democracia; la democracia seguramente sea otra utopía más. Abramos los ojos a la realidad y llamemos a cada cosa por su nombre.